Vos mi caracol, yo tu humana

Relato real.

Anoche estaba cortando una col. Más exactamente un coliflor, que está lleno de nutrientes y minerales, y también tiene poderes antioxidantes.

Había decidido que esta vez no iba a tirar las hojas. Las estaba lavando una a una para incluirlas en mi estofado vegetal.

Cuando agarré la flor del coliflor me encontré un caracol. Andaba lento por la avenida central de la flor. Era muy pequeñito. Tenía el caparazón un poco roto.

Me alegré de haberlo encontrado. Podía significar que mi coliflor no estaba tan apestado de químicos horribles.

Era tarde en la noche, así que el plan era llevarlo al día siguiente a algún cantero con plantas.

Si bien yo era la nueva propietaria de su tierra, él era el poblador originario. Le corté un buen trozo de su terreno, y lo apoye en una maceta, donde le agregué unos brotes y más restos de hojas.

Muy pronto para lo que es su velocidad crucero, lo vi dándole vueltas a la maceta. La exploró toda. Yo, que sabía que ahí no había nada interesante para él, le iba acercado brotes en su camino, por si le daba hambre y tardaba mucho en volver.

Luego de un rato alojado al pie de la maceta (donde choca con el plato), desapareció. Tuve miedo de que se haya ido por el sendero equivocado, alejándose del refugio que le armé.

Pensé que podría desorientarse y perderse en un desierto de pared. Pero al rato lo vi, acurrucado de nuevo en la parte de arriba de la maceta, en una guarida de hojas. No se movía para nada. Tuve la sensación de que tal vez se había ido de este plano de la existencia.

Me fui a dormir. Un poco triste.

A la mañana siguiente, apenas me levanté lo fui a ver. Seguía inmóvil en el mismo rincón. Le moví el caparazón con mucho cuidado y delicadeza. Nada. Mientras me preparaba para salir pensé, de nuevo: “qué triste”.

Hasta que en un momento lo vi desperezarse. Y arrancó a andar. ¡Qué alegría que me dió! Pensaba en lo estúpido que podía parecerle toda esta escena a alguien que lo viera desde afuera, como en una película.

Salí a la calle con la porción de terreno de coliflor donde estaba el caracol, muy despierto. Al cruzar la puerta, nos empezó a pegar el viento con bastante fuerza. Yo lo protegía con mi mano, tratando de hacer barrera, pero el viento pasaba igual. Y esto que sigue no me lo voy a olvidar:

Empujábamos los dos contra el viento. Yo por la calle y él en su coliflor. Yo de un metro sesenta y él de un centímetro y medio.

Mi suposición hubiera sido que se iba a esconder, pero no. Por un momento me recordó a los perros cuando sacan la cabeza por la ventana del auto y se vuelven aerodinámicos y eufóricos. Así estaba él. Había sacado todo su cuerpo afuera y tenía las antenas y los ojos (que también son como antenitas más cortas, delanteras) mucho más erguidos de cuando lo conocí la noche anterior.

Finalmente lo dejé en un cantero, con su nave de col. Pensé, mientras lo aterrizaba: “si no fuera porque está mal que vivas en un departamento, me hubiera gustado que seas mi animal de compañía. Vos mi caracol, yo tu humana”.

Me hubiera gustado que el final sea feliz. Pero la verdad es que más tarde llovió mucho. Hoy -al dia siguiente- volví a pasar y ví su caparazón. No se movía y no me animé a tocarlo. Tal vez estaba durmiendo y por la experiencia sé que tiene el sueño pesado.

Tal vez esta vez sí se fue de este plano de la existencia. No sé cómo termina esta historia.

Mañana quiero volver a pasar.

 

 

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